miércoles, 26 de enero de 2011

En Silencio






 
 
Se despertó de pronto. Se incorporó en la cama, pero se quedó sentado, muy quieto, apoyado contra el respaldo. Miró hacia el lado opuesto y lo encontró intacto y solitario.
Volteó para ver el reloj que mostraba imperturbable las horas de la madrugada y entonces lo sintió de nuevo. Ahora justo a la entrada del dormitorio, hostigando la madera, del otro lado de la puerta.

Advirtió cómo se movía por el pasillo, inquietando los cuadros de las paredes a su paso, sacudiendo el piso de la escalera, lastimando los muebles de la sala, tropezando a través de las sillas del comedor hasta que llegó a la cocina, donde como de costumbre, inició el quebranto de las puertas de la alacena, el trastorno en el interior del refrigerador, el maltrato de las sillas contra la mesita de centro, la conmoción de los platos unos contra otros.

Acá en la habitación, él continuaba titubeando hasta que después de un largo rato se puso de pie, se ciñó el cordel de la bata, caminó hasta llegar a la puerta y se quedó ahí parado, examinándola, sin atreverse. Allá en la cocina, la revuelta de los platos continuaba.
Finalmente y por primera vez, decidió a dejar la seguridad de la habitación. Abrió la puerta con timidez, miró a los lados y se movió despacio a través del pasillo donde los cuadros impasibles lo miraban. Bajó las escaleras, recorrió la sala y el comedor y sin atreverse a traspasarla, se quedó a un lado de la entrada de la cocina, recargado contra la pared.

—Buenas noches. Supongo que no te molestará si te acompaño.

Sin obtener más respuesta que el desacierto de una taza contra su plato, continuó insistiendo:

—Tenemos que parar. ¿No te parece? ¿Por qué no descansamos ya de esta situación?

Se pasó una mano temblorosa por el cabello, se secó el sudor de la frente, respiró hondo:

—¿Sabes? Extraño los momentos en que realmente estábamos juntos. Pero no podemos seguir así.

No hubo respuesta.

—Lucía, supongo que tu intención es llamar mi atención. ¿Por qué no me dices de una vez qué es lo que quieres?

Del otro lado del muro, una silla se alejaba de la mesa mientras una taza desfalleció contra el frío mosaico del piso.

Repentinamente algo en él se transformó, un ardor intenso le inundó el rostro, golpeó la pared con el puño y sin pensar ya en lo que hacía entró:

—¡Con un puto demonio! ¿Qué es lo que quieres?

Apenas atravesó el umbral, se dio cuenta del error que cometía. Sintió de súbito la intrusión de una mirada seca que le martilleó el rostro y lo escudriñó por completo con gris detenimiento. Él permaneció inmóvil y boquiabierto. Los ojos le escurrieron hasta la garganta donde la humedad se le confundía con el sudor que le anegó el pecho estrangulando sus palabras y cualquier otra posibilidad de escapatoria.

Se quedó así, inerte, hasta cuando por la ventana comenzaron a entrar los tímidos rayos del sol y entonces sintió como se alejaba a través de la puerta de la cocina, por entre las sillas del comedor, hostigando los muebles de la sala, atajando los escalones de la escalera, acercándose a la puerta de la recámara, para luego volver a bajar y trasgredir por la sala y nuevamente por el comedor hasta extinguirse por completo.

La noche regresó y él continuaba temblando, sentado con la espalda rígida, adherida al respaldo de la cama. Sus ojos aunque inmóviles parecían buscar entre la oscuridad algún rastro que confirmara la razón de su temor, pero sólo pudo sentir una frialdad callada y opaca.

Ya no volvió a levantarse jamás, se quedó aquí en silencio y yo me quedé junto a él, abrazándole, aunque estoy segura que sigue encontrando mi lado de la cama intacto y solitario, incapaz de reconocerme.


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En Silencio por Raúl García Rodríguez se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-No Comercial-No Derivadas 2.5 México.
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